La Banda del Calamar

-¡Qué linda noche para no estudiar un carajo! –me dije, saliendo de la ciudad Universitaria. Toda la tarde cursando y solamente me acordaba de cómo derivar X2. Un linyera medio muerto viviente me escuchó y me dijo “tal cual”. Le regalé un pucho. Me invitó a la cancha a ver Platense contra Chacarita. Fuimos a tomarnos el 28 pero llegamos tarde, con el partido recién terminado. 2-3 para el visitante. El linyera me dio un codazo amistoso.

-Nos los cogimos bien a esos putos, ¿No?

-Pará, ¿Vos sos de Chaca?

Eso lo hacía mi enemigo mortal. No lo pensé, fue la tinta en mis venas que se tensó sola y lo puso. Unos hinchas de marrón y blanco se acercaron. El jefe, subido de peso, mal afeitado y grande como un ropero, me preguntó qué pasaba. Les dije que era uno de Chaca que venía boqueando.

-Sos un crack -me dijo el gordo-. ¿Cómo te llamás?

Le dije, y le pregunté qué le iba a pasar a éste, que ya lo estaban agarrando de los brazos para llevárselo. El roce con la vereda le había descubierto calzoncillos tricolores.

-Lo que le pasa a la gilada –me contestó. Ya lo estaban metiendo en una camioneta polarizada estacionada en la esquina-. No te preocupes por él. Es tu vida la que está a punto de cambiar para siempre.

Después se esfumó en la nube de humo que había tirado. Volví a mi casa preguntándome que me había querido decir y no lo averigüé a la fecha siguiente: salí a fumar en el intervalo de la clase y el gordo me estaba esperando en la entrada. No había ningún linyera a la vista.

-¿Qué hacés papá? Hoy te venís con nosotros a ver al Tense contra Temperley.

-¿Ahora? Pero no puedo, estoy cursando.

-No pasa nada, ya hablamos con el jefe de la cátedra. Está todo bien. Ya lo charlé también con la comisión directiva de la banda y los de arriba están muy interesados en contarte entre las filas de la organización. Lo que hiciste el otro día dice mucho de tu potencial, y las investigaciones de nuestros agentes lo corroboran.

-¿Agentes? –pregunté-. ¿Qué agentes?

-Ya te vas a enterar.

Platense es un equipo medio chico, pero lo cierto es que tienen una de las hinchadas más poderosas de la Argentina. Ese poder no se mide en el número de hinchas o en la plata que mueven, sino en los contactos que mantienen con entidades cósmicas. Por ejemplo, el primer hincha de Huracán fue hijo de Ehécatl, el dios azteca del viento y una mortal llamada Mayáhuel. Chacarita fue fundado por un cónclave de brujos nigromantes que tenían sus reuniones en el cementerio homónimo. En el caso de Platense, el poder viene de José Viviani, el primer presidente del club. Él era en realidad la forma mortal del gran calamar Bariashuu, que habita desde tiempo inmemorial en la inmensidad del espacio.

Estar muy atrás en la materia no me pareció excusa suficiente para negarme a la invitación. Él era uno de los capitanes y se llamaba Alfredo, pero todos le decían Toti. Me guió hasta la mítica parada del 28, donde esperaba el resto de sus protegidos. Me presentó y sostuve muchos de los nombres: Walter, alto y moreno. La Rosarina, ágil como una pantera. El Tranvía, el Rolfi y los mellizos Rustrichm, ambos colorado. El tano Lazzatti, más veterano.

Nos fuimos a la cancha.

Ingresamos por una entrada distinta a la que usa el gran público. Un portón Torii, decorado con motivos de calamares y otros animales marinos. Toti me explicó que cuando el estadio fue erigido, en Julio del 79’, se construyeron ocho entradas, que representan los ocho tentáculos de Bariashuu. Tres de ellas, la de Zufriategui, la de Liniers y la que está cerca de las vías del ferrocarril Belgrano, son conocidas por todos. Las otras cinco sólo están abiertas para los hinchas más fieles del club, y cualquier otra persona se perdería para siempre en las profundidades de la tierra. Seguimos por unos túneles tallados en roca viva y cubiertos por jeroglíficos como la tumba de un faraón y desembocamos en la tribuna Roberto Goyeneche. El partido fue una fiesta. Dios y todos los ángeles parecían hinchas de Platense por la cantidad de papelitos. Los bombos me dejaron sordo. Las piernas me temblaban de saltar, la garganta me quemaba de putear. Todo terminó en lo que parecieron segundos, pero probablemente fueron noventa minutos.

-Preparate -me dijo el Tranvía cuando salimos, después del 3-0-, afuera nos están esperando los de Temperley y deben estar re calientes por la goleada que se comieron.

-No te asustes -dijo Lazzatti, ronco- quedate cerca nuestro y no te va a pasar nada.

La Rosarina sonrió abiertamente. Conté, en total, seis dientes.

Nos encontramos con ellos casi llegando a la avenida. Nos puteamos un rato y alguien revoleó una botella. No recuerdo mucho de la pelea. Tengo flashes de haber pateado y golpeado y recibido en el piso más patadas de los que dí. Después hay un vacío negro, pero al despertar en mi casa encontré una oreja cercenada sangrando en el bolsillo de mi pantalón. Jamás supe cómo llegó allí.

A los pocos días recibí un llamado del Toti. Lo cual es curioso, ya que tampoco recordaba haberle dado mi teléfono.

-Te portaste como el 10 el otro día. Zarpado como manejaste a la yuta -me dijo.

-¿Qué yuta?

-Estoy orgulloso de vos. De verdad te digo, eh.

Le agradecí torpemente, sin saber muy bien qué decir.

-Escuchame -siguió- la otra semana jugamos un amistoso afuera del país y quiero que vengás. Estate en el cruce de Panamericana y General Paz el martes a las cuatro.

Ni pensé en faltar. El día indicado me puse la camiseta del calamar y me encontré a los muchachos sobre Panamericana. Nos quedamos allí casi una hora, tomando vino con coca bajo el sol de la tarde.

-Este vino es lo peor del mundo -dijo Walter- ¿Lavandina no había?

-¡Pero viejo! -dijo la Rosarina- ¿A las cinco te ponés exquisito vos?

-A vos cualquier vino te parece bueno -contestó el otro-, te cabe cualquier cosa.

-¿Estás intentando insinuar que yo después de ciertas horas, en ciertos días y ciertos estados tiroteo lo que sea? Esto es indignante.

-Ah listo, vámonos a la mierda.

-No digas malas palabras Walter -se burló Lazzatti, sonriendo.

-Unas máquinas de decir boludeces están hechos hoy -dijo Toti-. Déjense de joder, ya está por llegar el 57.

-¿Vamos a salir del país en colectivo? -pregunté- ¿A dónde vamos?

-A la Atlántida pá -dijo el Rolfi-, jugamos contra los tritones.

Al rato apareció un bondi que chorreaba agua, y que estaba cubierto por algas, estrellas de mar y crustáceos. Efectivamente, tenía un cartel que decía “Atlántida” junto a una publicidad de una empresa de colchones. El chofer no nos hizo sacar boleto.

Encaró por la General Paz y a medida que íbamos avanzando se iban subiendo los demás miembros de la hinchada. Alcanzamos al micro de los jugadores y el cuerpo técnico y el Tranvía empezó a tocar el bombo. En el firmamento, las sombras de los tentáculos de Bariashuu dejaban su trazo entre las últimas nubes y las primeras estrellas para dibujar un “Viva Tense” por encima de nosotros.

Cuando llegamos al final del Vial Costero el chofer apretó un botón en el tablero y se abrió una caverna, con suelo cuidadosamente pavimentado y unas luces como las que prenden en la cancha de noche. Toti ordenó cerrar todas las ventanillas y dos gigantescas turbinas salieron de los costados de cada micro. Pronto estábamos rodeados de las turbias aguas del Río de la Plata. Los peces eran manchas borrosas a ambos flancos. Apenas se distinguían las sombras de los veleros en la superficie. Un par de sacudidas y varios cartones de vino más tarde, el agua más clara nos indicó que estábamos en territorio uruguayo.

Primero vimos aparecer los altos muros circulares, hechos de roca y bañados de latón, estaño y oricalco. Atravesamos la monumental entrada, flanqueada por pilares jónicos de mármol cubierto de formaciones coralinas. Recorrimos la calle principal cruzando todos los niveles concéntricos que conformaban la polis y contemplamos las ágoras y las plazas. Las magníficas fuentes y las estatuas de los héroes. El hipódromo, donde nadaban los caballitos de mar, y un sinfín de mansiones, palacios y casas, con pórticos sostenidos por columnas.

Por entre los blancos edificios comenzaron a salir unas extrañas criaturas. Eran de forma y complexión humanoide, pero estaban completamente cubiertos de escamas verdosas de pez. Tenían las manos y los pies palmeados, aletas en el lugar de las orejas, bigotes como los de los bagres, tres hileras de branquias y ojos redondos, negros y grandes. No vestían más ropas que un taparrabos los hombres y un vestido tejido con algas las mujeres. Muchos cargaban en los brazos termos y mates, envueltos en burbujas de aire. Toti los identificó como los elusivos tritones, habitantes de la Atlántida.

-La gilada -dijo-. De cuarta.

-Les vamos a romper el culo a estos pescados -agregó la Rosarina. Todos asentimos.

Sin dejar de contemplar las maravillas de aquel mundo secreto, arribamos al estadio “Vicente Rlachubha’al”, una construcción no muy distinta al coliseo romano. Nos calzamos los trajes de buzo color marrón y blanco y nos acomodamos en la tribuna visitante. “Visitante” es una forma de decir, ya que es bien sabido que Platense juega de local en todos lados.

Primero los tritones entonaron el himno uruguayo con sus voces inhumanas y guturales y acto seguido nosotros cantamos “Garganta con Arena”, en honor a Goyeneche. Luego, el intendente de Vicente López se sacó una foto con Poseidón, señor de la Atlántida, para el boletín vecinal y el árbitro brasilero dio inicio al encuentro.

Fue un partido de ajedrez, trabadisimo y muy parejo, con la habilidad casi sobrehumana de nuestros jugadores siendo compensados por la agilidad de los tritones en el agua que era su ambiente natural. El primer tiempo cerró con nuestros rivales 2-1 adelante, con un gol del Tiburón Righetti, quien no era literalmente un tiburón pero que la prensa charrúa aseguraba podría llegar a ser el próximo Suárez.

-Ahora vas a ver que lo damos vuelta -dijo Toti-. El fútbol siempre te da revancha.

Y así, a poco de iniciado el segundo tiempo logramos el empate de la mano de la pierna dorada de Damián Pereyra, una promesa salida de las inferiores.

Esa paridad no se rompió hasta el minuto setenta, cuando una falta en defensa por parte de los tritones ameritó un tiro libre que el nueve de Platense transformó en gol. Los tritones, a grito pelado, sacaron tridentes y redes de pesca y se precipitaron nadando sobre los jugadores del Calamar.

-¡Vamos muchachos! -ordenó Toti y tiramos a patadas la reja que nos separaba del campo para defender al equipo. Los tritones se nos vinieron al humo. Walter, la Rosarina y yo les tiramos cascotes como si fuesen torpedos hasta dispersarlos. Los nadamos hasta la entrada de los vestuarios. Allí nos sorprendió una emboscada y fuimos rodeados por hombres pez. A duras penas conseguimos mantenerlos a raya, hasta que los Rustrichm y el Rolfi cayeron al frente de una cuadrilla de compañeros armados con botellas quebradas para romper el sitio.

-¡Dale viejo, pongan huevo! -gritó Toti- ¡No es tiro al muñeco esto!

Levanté la vista y lo ví sobre las gradas, batiéndose en combate singular contra Poseidón en persona, trabando el farol que arrancó con sus propias manos del alumbrado de la cancha con el tridente perlado del amo de los mares. Todo mientras el intendente de Vicente López huía de la Atlántida en el submarino municipal.

La contienda fue dura, pero cuando el sol se puso en la superficie, solo la Banda del Calamar se mantenía en pie en el estadio Vicente Rlachubha’al. Muchos estábamos heridos y magullados. La Rosarina había perdido dos de los dientes que le quedaban, el tano Lazzatti sangraba de un desagradable corte en el pecho y el Tranvía tenía un agujero en el bombo y el cuerpo lleno de moretones por defenderlo.

De las tribunas bajó nadando nuestro capitán, llevando en la cabeza la corona de sal y roca del rey de la Atlántida. Lo veía borroso, como en un sueño verdoso y clorado, porque me sentía mareado y no podía mantener abiertos los dos ojos al mismo tiempo sin retorcerme de dolor.

-Les hicimos la cola papá, eh -dijo Walter, poniéndome una mano en el hombro.

-¿Siempre es así esto? -le pregunté.

-Esto es gilada -dijo Toti-. El mes que viene empieza la liga intercontinental y nos toca contra los Dráculas de Rumania. Así que papu, andá afilandote una estaca.

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