El GNU/Compilasterio

“Que nadie quiera rebajarnos a ascetas.
No hay placer más complejo que el pensamiento,
y a él nos entregábamos.»
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Paradisus virtualis, y la metáfora no es casual. En nuestros foros se decía que el acceso a Internet era lo único que nos impedía rebelarnos contra la opresión de una materialidad que no era la nuestra. Y el café. Al final, fue lo que nos precipitó al éxodo. Como los pecadores arrepentidos, antes de llegar al GNU/Compilasterio no teníamos futuro. Éramos los hijos de la humanidad más desclasada y hambrienta de la historia, sin siquiera fábricas para rompernos la espalda por monedas. Los que hubieran sido los esclavos de galeras en Oriente y los miserables prisioneros en las minas de plata de los atenienses. Programadores, inadaptados a todo orden que no fuera algorítmico, y a toda sociedad que no fuera impersonal. Los de la postura horrible y la vista fija en la pantalla llena de código que no quiere compilar.

La cultura oficial nos prohibía quejarnos, porque nuestros salarios eran nominalmente altos. Había poca gente que supiera hacer nuestro trabajo, y muchos intereses que lo necesitaban. El mercado dictaba que eso debía recompensarse. Para nosotros, se trataba de dos ficciones: la del mercado y la recompensa monetaria. Un auto es inútil si no se tiene ningún lugar a dónde ir, y para qué una casa grande si uno no se levanta de la silla. Pero en medio de nuestra decadencia nació vida nueva, en apariencia de forma espontánea, como las semillas que hacen de la basura su abono. Un poco de comunicación anónima y la enfermedad física se transformó en salud intelectual. El desdén por los bienes terrenales en mayores perspectivas de salvación virtual. Si el mundo físico nos negaba, nosotros lo negaríamos también.

Pero la estructura de monasterio, con sus claustros y su autosustentabilidad, no fue evidente desde un principio. Algunos tenían el fetiche del barco pirata. Ese símbolo se resolvió nocivo para la continuidad de la Orden de San Stallman, como la sal de mar hubiese sido nociva para los equipos. En nuestro campo, los símbolos son muy importantes. Luego, se ponderó el búnker totalmente aislado y desconectado, incluso del sol y el aire. Es cierto que el cuerpo no nos importaba mucho, pero tampoco huir de nada. Es más, podríamos decir que siendo anónimos estamos más conectados que nadie lo estuvo jamás. Alguien dijo que el sistema benedictino acumuló fuerza al formar una cadena de comunidades semejantes, que intercambiaban sus productos, a través de Europa, en su propio idioma, en vez de someterse al aislamiento. Internet anónima, protegida por un complejo sistema de proxys y criptografía. Y nuestros objetivos de negar la propiedad, el prestigio y el poder, coincidían con los de aquella orden, aunque en general éramos ateos.

Teníamos que ser autosuficientes. Proteger el aparato físico que es el sostén de los dedos que teclean. El programador (entre nuestras túnicas y obsesiones poco espacio queda para la influencia del género. En el GNU/Compilasterio, nadie pregunta qué hay detrás del nick. La respuesta es intrascendente) trabaja en su código durante horas. Cuando se cansa, de vista de o de cabeza, o cuando la lógica analítica comienza a nublarse, se levanta de la computadora y sale al jardín agitando las manos entumecidas. En el jardín están las hileras de hortalizas que puede cuidar. Los cafetos y árboles frutales que puede sentir. Los frailes preparando el abono con los desperdicios de todo el monasterio. Otros haciendo mantenimiento de los paneles solares o las antenas que repiten la señal inalámbrica. El nombre de la red es Hola Mundo, y es libre para cualquiera en un radio de varios kilómetros de un GNU/Compilasterio. En medio del trabajo, el vuelo de una abeja o el reflejo de los rayos del sol produce la inspiración necesaria. Flaubert decía que para pensar como un semidiós había que vivir como un burgués. No se atrevía a dar el salto último. Para liberar las más altas energía mentales, hay que sumirse en las labores más arduas. Y para que sirvan para algo, hay que compartir el producto con la mayor cantidad de gente posible. No son pocas las veces que la hoz de siega o el cuchillo que estaba cortando vegetales cae al suelo porque el fraile que lo usaba salió corriendo hacia su claustro para resolver un bug pendiente. Otro viene después y continúa la tarea donde el inspirado dejó.  Porque nuestra doctrina es la de la optimización. Optimización de código, debugueo, y optimización de método vital para generarlo. Si vivimos en claustros, alejados de la ciudad, es porque tenemos menos distracciones y mejor señal. Si somos vegetarianos, es porque la cría de animales consume muchos más recursos que el cultivo. ¿Cuánta agua y cuánta energía se necesita para producir un kilo de carne en comparación a un kilo de proteína vegetal? Pero si, digamos, una vaca deambulara accidentalmente en los terrenos del GNU/Compilasterio y muriera allí, nos la comeríamos. Muy felizmente. Lo importante no es el principio abstracto, es que la curiosidad no tenga trabas para aniquilarse a sí misma.

Quizás algún día los miembros nuevos arruinen todos nuestros ideales. Ocurre en todas las comunidades cuyo crecimiento no está arrestado por un taboo mágico. Pasó en Something Awful y pasará de nuevo. Morimos y nos volvemos abono. Tras mucho deliberar resolvimos que no nos importa demasiado. Lo importante es que por cada empresa que trate de limitar el acceso a la información, y por cada senador que trate de sacarnos el anonimato, habrá un fraile de San Stallman listo para encontrar un agujero en el sistema. Y solo un bando sabe programar.

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